Uno de los primeros juegos de Atari en apostar por el miedo antes que por la acción pura: hay que recorrer una mansión encantada en penumbras, con apenas una vela como fuente de luz, buscando las tres piezas de una urna sagrada mientras un fantasma y otras criaturas acechan fuera de campo, revelados solo por su sonido u ojos brillantes en la oscuridad. La gestión de la visibilidad limitada y la tensión por lo que no se ve anticipan mecánicas que el survival horror recién formalizaría una década después. Pieza fundacional, mucho más influyente de lo que su tecnología modesta sugiere.

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